RAZÓN HISTÓRICA
Entre el fin del Imperio romano de Occidente (s. V) y la invención de la imprenta a mediados del siglo XV, la cultura de Occidente progresó junto con la evolución de una técnica artesana de producción libraria caracterizada por la escritura manual. Durante aquel milenio, los libros manuscritos difundieron el conocimiento de la realidad natural, el tesoro de la creación literaria y la experiencia espiritual.
Aunque el libro manuscrito europeo se mantuvo hasta finales del siglo XVI, las ventajas derivadas de la invención de la imprenta dieron fin a la copia manual de libros. Cuatro siglos después, la Asociación Codex in Aula recupera la composición libraria manual y crea el Scriptorium del siglo XXI, talleres de entintado donde se elaboran libros memorables y sorprendentes que enriquecen la experiencia de lectura gracias a la participación de personas con discapacidad intelectual o personas con necesidades de apoyo terapéutico, cuyas intervenciones en la escritura y el coloreado de páginas originan libros de forma similar a la que durante siglos realizaron los copistas y calígrafos históricos.
EL LIBRO MANUSCRITO EUROPEO
En 1202, el matemático Leonardo Pisano, conocido como Fibonacci, introdujo en Europa el uso de los números arábigos mediante un tratado de aritmética y álgebra titulado Liber Abaci (Libro del ábaco), obra que demostró la superior eficacia del método de cálculo indo-arábigo con respecto al sistema romano de numeración. Actualmente perdido, el tratado de Fibonacci de 1202 era una obra manuscrita sobre pergamino.
Es difícil imaginar el progreso de la ciencia en Europa sin la mediación de aquel libro escrito de forma manual. Igualmente, sería impensable entender el avance del conocimiento y de las artes de Occidente sin los libros que expresaron en líneas de texto manuscrito el pensamiento de Agustín de Hipona, la física de Arquímedes, la oratoria de Cicerón, la astronomía de Ptolomeo, la etimología de Isidoro de Sevilla, la lógica de Aristóteles, la teología de Tomás de Aquino, la medicina de Galeno, la poesía de Petrarca. Entre muchas otras creaciones manuscritas, el uso generalizado del libro escrito a mano como expresión de la cultura europea se prueba en el Liber Floridus o Libro de las flores (1110) del monje Lambert de Saint-Omer, obra en lengua latina que fue la enciclopedia más utilizada durante la Edad Media debido a su amplio tratamiento de temas bíblicos, astronómicos, físicos, zoológicos, geográficos y naturales. De esta obra se conservan copias manuscritas en la Universiteitsbibliotheek Gent, Bibliothèque Nationale de France en París, Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel y otras cinco sedes más.
Con el paso de los siglos la creación y difusión del libro manuscrito acompañó la expansión de las ciudades medievales y la aparición de sedes universitarias como Bolonia, Oxford, París o Salamanca, un cambio social irreversible y de radical importancia en Occidente que propició la implantación y posterior desarrollo de la cultura escrita en la totalidad de regiones europeas. A partir de aquella transformación social los libros producidos en talleres laicos y escuelas catedralicias se distribuían por toda Europa a través de vendedores ambulantes y expediciones comerciales en diferentes rutas con destino a ferias, mercados y librerías universitarias o religiosas propias de villas y ciudades. Si el latín fue durante siglos la lengua propia de los libros solicitados por las élites intelectuales europeas de la Alta Edad Media, muy pronto las lenguas vernáculas de distintas regiones se vertieron en obras manuscritas de gran difusión; en prueba de ello, del Mirabilia Mundi de 1356 (autor desconocido), que describe el mundo del siglo XIV desde Europa hasta el extremo oriental de Asia, actualmente se conservan 73 copias en alemán y holandés, 37 en francés, 40 en inglés, 50 en latín y numerosos ejemplares en español, italiano, danés, checo e irlandés.
De aquella amplia difusión del libro manuscrito durante un largo milenio queda en el siglo xxi el tesoro preservado en las valiosas colecciones de las principales bibliotecas de Europa: Bibliothèque Nationale de France, 180.000 manuscritos; British Library, 150.000; Bayerische Staatsbibliothek, 50.000; Biblioteca Apostolica Vaticana, 40.000; Bibliothèque Royale de Belgique, 30.000; Österreichische Nationalbibliothek, 30.000; Biblioteca Nacional de España, 25.000; Biblioteca Nazionale di Firenze, 20.000. Estas bibliotecas y muchas otras instituciones públicas y privadas conservan el testimonio manuscrito de una identidad europea que se reconoce en el progreso científico de Occidente, la custodia del acervo clásico griego y latino, la formación intelectual de raíz cristiana y la diversidad histórica, cultural y geográfica del continente. La creación y la continuidad de esa identidad cultural no habría sido posible sin la existencia de la mayor red de centros de producción libraria de toda la humanidad. Desde el siglo v hasta la invención de la imprenta a mediados del siglo XV, desde Irlanda hasta los países de la costa mediterránea europea, los centros de producción de libros manuscritos preservaron en pliegos de pergamino o papel miles de obras debidas a autores de todo signo. La valiosa participación de un número incontable de copistas, calígrafos, iluminadores y escribas entregados a una labor de esfuerzo y destreza parejos consiguió dar continuidad histórica y valor permanente a uno de los objetos más relevantes para la construcción de una identidad común: el libro manuscrito europeo.
NUEVOS CÓDICES EN UN MUNDO NUEVO

